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La increíble historia de Jarariyu, el vendedor de casitas de Maracaibo

Ahí viene, con el jean lleno de parches, cocido con hilo blanco y las costuras salidas. Tiene el alma como atrabancada en el cartón que sostiene con las manos húmedas, por el sudor. Jadea por el caminar fatigoso que lo envuelve, junto a sus “cotizas”: el calzado típico wayuu. Sus pies se cubren de un manto polvoso de caminos y pensamientos.

Él, el camino, y el silencio. Su nombre completo es Rafael Jarariyu. Vende casitas de madera con foami, escarcha, y pintura. Él mismo las hace. Y las mete en una cajita de cartón para mostrarlas al público. “La pintura está cara”, dice. Se detiene en una casa de verdad y ve a la familia en el porche, después de andar y andar, sediento. Eran las 3 de la tarde. El calor sofocante en Maracaibo se une con las ganas de llover para el mes de junio, y la humedad se impregna en el cuerpo por los tiempos de lluvia.

Jarariyu no tiene familia en la ciudad. Vino a emprender, a caminar bastante para vender lo que sabe hacer. Tiene una casa propia según cuenta. Y ahí se queda. Antes de la cuarentena nacional decretada por el presidente Maduro el 16 de marzo vendía las casitas a 50 mil bolívares soberanos. Entonces así podía costear su comida (lo elemental), ahora las cambia por alimentos. Se considera un sobreviviente, por lo que da a entender.

La tarde está muriendo. El crepúsculo empieza a ceder en las sombras de la noche. Jarariyu coloca unas cinco casitas en el enrejado de una casa de verdad. Las muestra. Le hace publicidad “son de buena calidad. El imán lo consigo yo porque tengo contactos”, sonríe.

—Yo antes las vendía a 50 mil cada una porque tengo que comprar los materiales — dice Rafael.

—¿Cómo te llamáis vos?

—Yo me llamo Rafael Jarariyu —lo dijo entre dientes.

—¿Y como se escribe eso? Deletréamelo

Se detuvo un instante. Lo pensó. Y se agachó. Agarró un palito y escribió en la arena una Y, diciendo:

—Jarariyu, Jarariyu, así — señaló con el dedo en la tierra.

El hombre no sabía escribir su apellido. En la Guajira existe una casta común llamada Jayariyu, es así como se escribe realmente.

El personaje era tan singular que empezó a contar de dónde venía. Al mismo tiempo explicó que la madera en estos tiempos era difícil de conseguir, es por eso que ahora no importaba que le pagaran con lo que sea, porque el efectivo ya no se veía. Aceptaba un kilo de algún alimento. A la doña de la casa le pasó por la mente que ese señor con ojos ingenuos era Dios. Y aunque la situación para ella, como toda venezolana, era también complicada, no lo dudó y fue a buscar un kilo de arroz. Entonces se puso a escoger las casitas más bonitas. Jarariyu estaba feliz al poner la mirada en el arroz.

Por más que se busque, hurgue o pregunte, al parecer este ser solo era lo que decía en el momento. Miles de historias pudieran esconderse en su vida, porque se le marcan en la piel con solo verlo, pero le costaba expresarse. Eso sí, no se movía del lugar hasta que le compraran. Por los nervios y la emoción dejó caer un bolsito que llevaba. Y se escapó una botellita de agua caliente, un par de vasos plásticos arrugados, un pañuelo viejo, un libro con un escrito visible “La Santa Biblia”, y algunas burusas de pan en una bolsa transparente.

El bolso estaba como su existencia, deshilachado, roto, olvidado. Y era un bolso tricolor. Amarillo, azul y rojo. La señora miró a su esposo.

—Mirá, si pasáis mañana yo te vuelvo a comprar. Pero me las traéis bonitas como estas de hoy. Las voy a poner en la nevera. Ya me hacían falta. Si no pasáis vos ¿cómo voy al centro? Si no hay carritos, pasajes, y con esta cuarentena menos —dijo la señora Maribel, con la intención de que volviera a pasar. Su esposo en silencio con la mirada baja. Con las piernas cruzadas, el sentimiento en la hamaca, desbordándose.

El aire se calmó. Los relojes pudieron detenerse. La tarde era un escenario, una lectura con nombre de Jarariyu. Interrumpió la escena otra vez, impertinente, infantil.

—Yo nací aquí, pero me fui a la Guajira. Ahora volví porque aquí tengo más oportunidades. Háganme publicidad. Para mañana les voy a traer un llavero. Para que cuando usted llegue cansado del trabajo abra su puerta y no se le pierda la llave de la casa —lo dijo entusiasmado. Y si la felicidad fuera una araña, en su cara estuviera.

Maribel sonrió, a pesar de que se estaba partiendo por dentro.

—Dale pues, venís mañana que yo te lo compro —le dijo.

La noche al fin cayó. La doña le buscó lugar a las casitas en la nevera. Se sentaron a pensar y le enviaron a su hija en el exterior. Le contaron el acontecimiento, la increíble historia de Jarariyu. Y ella respondió desde Aruba “me da rabia tanta necesidad que estamos pasando los venezolanos. A veces quisiera que el mundo se acabara”, Maribel le respondió “mija, no digáis eso, que mientras haya vida, hay oportunidad, solo hay que seguir luchando”.

Rafael Jarariyu se fue. Vive en algún lugar de Maracaibo. Al día siguiente la (Y) de su nombre permanecía escrita en la arena, y el palito en su sitio. La doña se quedó esperándolo, y la tarde no volvió a ser el escenario del vendedor de casitas.

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