“Los que mueren por la vida, no pueden llamarse muertos y, a partir de este momento es prohibido llorarlos”
CARACAS, 16 de febrero de 2026.- Hoy, el calendario marca una pausa obligatoria en el alma popular venezolana. Se cumplen 41 años de aquel fatídico 16 de febrero de 1985, cuando un estruendo en una autopista de Caracas intentó apagar la voz de Ely Rafael Primera Rosell, el hombre que el pueblo bautizó para siempre como Alí. A cuatro décadas de su partida física, el eco de su cuatro sigue siendo el termómetro de una realidad social que él supo narrar como nadie.
De la precariedad a la vanguardia poética
Nacido el 31 de octubre de 1941 en Coro, estado Falcón, Alí no fue un espectador de la pobreza, fue su hijo. Huérfano de padre a los tres años, forjó su temple en los oficios más humildes para sostener a su madre y hermanos. Esa precariedad no fue un obstáculo, sino el combustible de su sensibilidad.
Su debut discográfico llegó desde la distancia. En 1972, en una Alemania que le sirvió de refugio intelectual, grabó «De una vez». Allí nacieron los himnos que hoy son patrimonio emocional de América Latina: «Techos de cartón», «Yo no sé filosofar» y «No basta rezar». No era solo música; era un manifiesto sociológico envuelto en melodía.

«No es protesta, es necesidad»
Mientras los medios de la época y el gobierno del entonces presidente Rafael Caldera, intentaban silenciarlo con vetos y censura, Alí respondía con autogestión. Fundó su propio sello, Cigarrón, entendiendo que su arte no podía depender de los intereses de quienes él denunciaba.
Él mismo rechazaba la etiqueta de «cantante de protesta». Para Alí, lo suyo era la «Canción Necesaria». Sus letras no eran quejas vacías, sino la sistematización poética del sufrimiento y la esperanza de los olvidados. Cantó a la «Patria que es el hombre», a la lucha del Che en su «Comandante Amigo» y al dolor cotidiano de quienes veían la lluvia caer a través de techos de cartón.
Un legado de sangre y acordes
Su vida personal fue tan vasta como su obra. Su unión con Sol Musset dejó una estirpe de artistas (Sandino, Servando, Florentino y Juan Simón) que heredaron la responsabilidad de su apellido. Pero su huella también se extendió hacia Suecia con sus hijas María Fernanda y María Ángela, y se consolidó en Venezuela con Jorge Primera Pérez.
El misterio de la última madrugada
La muerte lo alcanzó en la plenitud de su madurez creativa, aquel 16 de febrero de 1985 en un accidente automovilístico en Caracas, tras haber grabado las maquetas de lo que sería su próximo disco, dejó una herida que aún genera suspicacias. Para muchos, el impacto de aquel vehículo conducido por un joven ebrio no fue una casualidad, sino un atentado contra la voz más incómoda del status quo de la época.
Semanas después de su partida, su hermano José Montecano, junto a su familia, rescató aquellas grabaciones caseras para entregarle al mundo el álbum póstumo «Por si no lo sabía».
Hoy, a 41 años de su siembra, Alí Primera sigue siendo el habitante de cada barrio que lucha y de cada campo que siembra. Porque como él mismo cantó, «los que mueren por la vida no pueden llamarse muertos».
Por: Redacción SDNnews (Especial Cultura y Memoria) Con informacion y fotos de archivo








