El Libertador Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, murió el 17 de diciembre de 1830, a los 47 años de edad, en la ciudad de Santa Marta, Colombia y quien junto al general José de San Martín liberaron a América del dominio español. Su proyecto de crear una “Gran Colombia” naufragó por las tensiones, las disputas, por el difícil carácter del venezolano y su tendencia hacia el poder absoluto. Oficialmente, la causa de su muerte fue la tuberculosis. Su mismo médico le realizó la autopsia, confirmando su diagnóstico. El cuerpo embalsamado, hasta el día 20 fue velado en la Casa de Aduanas. Fue inhumado en la Catedral Basílica de Santa Marta, a pesar que había dejado indicado su deseo de ser enterrado en Venezuela.
Los despojos mortales del Libertador recibieron cristiana sepultura en el altar mayor de la suntuosa Catedral Basílica de Santa Marta. Por temor a que el sepulcro fuera atacado, por algún tiempo no colocaron ninguna placa identificatoria
Luego, En 1842 sus restos fueron fueron trasladados a Venezuela y sepultados en la capilla de la familia Bolívar, en la Catedral de Caracas. El 28 de octubre de 1876 sus restos fueron inhumados en el panteón Nacional.
Sus últimas declaraciones reflejan el pesar que sentía por no haber logrado su objetivo de la unión de la nueva patria:
Nacido en Caracas el 24 de julio de 1783, tuvo la suerte de haberlo hecho en cuna de oro y tenía entre sus antepasados entre los primeros en llegar a Venezuela en 1559. Cuando a los 9 años quedó huérfano -su padre había muerto cuando tenía tres años- primero su abuelo materno y luego un tío se ocuparon de su crianza, aunque la que se preocupaba por el muchacho era la negra Hipólita, la esclava y nodriza de la familia.
No solo se formó con los mejores maestros locales, sino que lo enviaron a España a continuar sus estudios. Se alojó en la casa de un tío, que era el favorito de la reina y Simón acostumbraba a jugar al croquet con un príncipe, que terminaría siendo el rey Fernando VII, y al que en una oportunidad le pegó con un palo en la cabeza. Cuando su tío perdió el favor de la corte, quedó al cuidado del marqués de Ustariz, quien lo influyó en el estudio. En esa casa conoció a la que sería su esposa.
Se llamaba María Teresa Rodríguez del Toro, una caraqueña dos años mayor que él. El padre de ella amagó poner algún reparo a la relación, consideraba algo apresurada la decisión del casamiento, pero terminó dando el visto bueno.
A los pueblos de Colombia
«Colombianos: «Habéis presenciado mis esfuerzos para plantear la libertad donde reinaba antes la tiranía. He trabajado con desinterés, abandonando mi fortuna y aun mi tranquilidad. Me separé del mando cuando me persuadí que desconfiábais de mi desprendimiento».
«Mis enemigos abusaron de vuestra credulidad y hollaron lo que me es más sagrado, mi reputación y mi amor a la libertad. He sido víctima de mis perseguidores, que me han conducido a las puertas del sepulcro. Yo los perdono»
«Al desaparecer de en medio de vosotros, mi cariño me dice que debo hacer la manifestación de mis últimos deseos. No aspiro a otra gloria que a la consolidación de Colombia».
«Todos debéis trabajar por el bien inestimable de la Unión: los pueblos obedeciendo al actual gobierno para libertarse de la anarquía; los ministros del santuario dirigiendo sus oraciones al cielo; y los militares empleando su espada en defender las garantías sociales».









