A 41 años de «El Mariel», la jugada oculta para vaciar las cárceles de Cuba, enviadolos a Miami.

La jugada oculta de Fidel Castro vaciando las cárceles de delincuentes y enviándolos a Miami

La historia es la vida que después se convierte en memoria. Es muy probable que Héctor Damián Sanyustiz, aquel 1 de abril de 1980, día que escogió para lanzar un ómnibus de la ruta 79 contra la cerca de la Embajada del Perú en La Habana, sólo pensaba en la libertad, en sobrevivir y poder recibir asilo en la misión peruana. Pero Sanyustiz sin proponérselo se convirtió en el eje central de un incidente que permitió que en apenas 48 horas, 10 800 personas entraran a la Embajada. Su valiente acción, a todas luces desesperada, fue el detonante del posterior éxodo del Mariel, que propició que 125 000 cubanos lograran salir de Cuba desde el 15 abril de 1980 hasta finales de octubre de ese año.

Después de 41 años lo que se conoce como “El Mariel, revive la vigencia de esos hechos, que pasaron de ser un acontecimiento circunstancial, a un conflicto político internacional, para luego resultar en un éxodo masivo y abrirle las puertas al régimen castrista para deshacerse de una parte de la población descontenta y a su vez incrementar la represión interna, al institucionalizar de manera abierta los llamados “actos de repudio”.

Lo insospechado en aquel entonces fue que el éxodo del Mariel devino también en un fenómeno cultural único en su género, que mientras desarticulaba parte de la vida en la Isla, transformaba el rostro de los cubanos en el exilio.

Cuando el régimen abrió las puertas de la Isla para que regresaran los que hasta ese momento eran exiliados, buscaba atraer capital fresco y permitir que las maletas repletas de regalos vistieran al harapiento cubano de entonces (yo tenía un solo pantalón y estaba zurcido), como sucedió en poco tiempo.

Pero el contacto con los familiares que se habían marchado y que el régimen trató bajo amenazas y chantaje de impedir, se rompió (lo rompieron ellos por necesidades económicas) propiciando no solo un acercamiento de las familias, sino una relación tangible, en primera persona, con lo que ocurría fuera de la Isla y cómo se vivía.

Durante años la dictadura obstruía los vínculos familiares, incluidas las llamadas telefónicas, la correspondencia y el recibir envíos del extranjero, so pena de medidas laborales o dificultades para estudiar en la universidad. Todo eso se rompió cuando el régimen convocó en 1976 a un “diálogo” con los cubanos en el exterior para “zanjar diferencias”. Como siempre ocurre, algunos se entusiasmaron y percibieron aquella invitación como un primer paso para la democratización de Cuba.

El resultado: se permitió la salida de ex presos políticos y sus familiares (válvula de escape) y por primera vez el regreso de los cubanos que se habían marchado de la Isla (fuente de ingresos).

A partir de ese momento nada fue igual. Los que regresaban, al hablar de su cotidianidad, estaban describiendo una vida de éxitos y asombrosamente confortable. Los que escuchaban se llenaron de preguntas. Incluso los más incautos se daban cuenta de que habían sido engañados, que vivían bajo la muy efectiva propaganda de los medios de comunicación de la dictadura, que se enfocaba en calificar de “decadente” la vida en los Estados Unidos y trataban de hacer creer que los cubanos que se habían marchado se sentían arrepentidos de su decisión. La verdad se abría paso.

La libertad es la madre de todos los desafíos, por eso las visitas fueron encendiendo los deseos de muchos, que comprendieron que la única manera de vivir con dignidad y tener un porvenir era fuera de Cuba. Poco a poco se incrementaron las salidas por mar en balsas y hubo intentos de asilo en embajadas.

El descontento fue creciendo en la medida que aumentaba la llegada de cubanos de afuera a reencontrarse con sus familiares. Los vecinos de una calle veían cómo tras una visita, en esa casa se comenzaba a vivir mejor en comparación con las fechas anteriores. Se vestían más elegantes, de los fogones brotaba olores casi olvidados de alimentos, incluso llegaban a tener hasta un ventilador para mitigar el calor (un aire acondicionado era un sueño demasiado alto en aquel entonces), mientras que el resto seguía sumido en las necesidades más apremiantes.

A la par, crecía la envidia, el recelo, el malestar de quienes lo habían apostado todo a la Revolución y que se sentían cobardemente traicionados por el propio Partido Comunista de Cuba, que les pedía a sus militantes que recibieran con “respeto y entusiasmo a los visitantes”. Hasta a los CDR (Comité de Defensa de la Revolución), establecidos para la delación, se le “orientaba” tolerancia con los miembros de “Comunidad Cubana en el Exterior”.

La realidad de la segunda mitad de los años 70 fue sentando las bases para que muchos desearan largarse de Cuba. Así, entre intentos, casi todos fallidos, un día Héctor Damián Sanyustiz y sus acompañantes se llenaron de valor y precipitaron la Leyland de la ruta 79 contra la reja de la embajada. En el fuego cruzado de los custodios de la legación peruana, uno de los guardias mata a su compañero (también Sanyustiz fue herido) y a partir de ahí, comenzó a escribirse otro capítulo de la historia de la lucha de los cubanos por alcanzar su libertad, sino era posible todavía la de la nación, al menos la individual.

El pasado 15 de abril de 2021, se cumplieron 41 años del inicio de la crisis migratoria del Mariel (1980), cuando Fidel Castro autorizó la llegada de embarcaciones de cubanos radicados en Estados Unidos al puerto habanero (en aquel momento) para recoger a sus familiares y amigos que también quisieron emigrar de la isla.

La única condición que el régimen impuso para que esto ocurriera fue que debían llevarse en esas embarcaciones, además, a “antisociales”, eufemismo utilizado para referirse a criminales convictos.

Aquí se aludía a presos comunes (muchos siendo peligrosos y hasta con problemas mentales que propiciaban la violencia) y a los que se recluyeron en la embajada de Perú en La Habana apenas 11 días antes.

Esta fue la alternativa que halló Castro para deshacerse de todos aquellos indeseables, incompatibles con su Gobierno, como los 11.000 que irrumpieron en la sede diplomática para solicitar asilo político.

Todo formó parte de un maquiavélico plan para reparar los daños de imagen que supuso esta insurrección, pues en ese momento se pensaba que la gran mayoría de los cubanos apoyaban al régimen.

A la vez que enviaba a todos sus delincuentes a Miami (para que crearan problemas), limpiaba la reputación de su dictadura haciendo creer que los que deseaban huir de la isla eran todos unos criminales y unos anarquistas.

También se autorizó la emigración de cualquier tipo de “escoria” (como Castro los tildó), por lo que muchas personas estuvieron dispuestas a declarar que se dedicaban a la prostitución, al proxenetismo, que eran criminales de cualquier tipo y homosexuales.

Por si fuera poco, Fidel Castro desencadenó todo un movimiento de repudio que sobrepasaba los límites de lo moral hacia aquellos que se iban, cuyo protagonista fue el “pueblo revolucionario”.

Con el amparo de las fuerzas policiales, los cederistas y militantes eran coaccionados o, peor, iban voluntariamente a rodear domicilios, insultar y apedrear a los detractores del régimen, y hasta lanzar huevos se convirtió en una práctica común para las turbas furiosas.

También tenían que soportar el hambre y la sed y los vejámenes de los guardias en Mosquito, el sitio alambrado cercano al Mariel desde donde se esperaba para abordar las balsas que los trasladarían a la Florida.

Luego de estas movilizaciones casi fascistas, Fidel Castro ordenó que cesaran todas las vilezas provocadas por la “indignación de las masas revolucionarias”, por lo que se calmaron las acciones violentas con al menos tres muertes.

Después que se efectuaran negociaciones entre los gobiernos de Fidel Castro y de Carter, se cerró el puerto del Mariel a finales de septiembre de 1980 para los barcos provenientes de Estados Unidos.

Durante los cinco meses que duró el puente marítimo, de abril a septiembre de 1980, hubo un flujo migratorio de más de 125.000 cubanos hacia la Florida, superando las cifras del éxodo de Camarioca, de acuerdo con datos del Departamento de Inmigración y Extranjería del Ministerio del Interior.

“Los marielitos”, como se les llegó a conocer, tuvieron tiempos difíciles, por la fama de indeseables que les propinó el régimen y los tantos criminales que salieron de las prisiones cubanas para emigrar. No obstante, con esfuerzo, muchos lograron dejar atrás la mala imagen y abrirse camino, como Reinaldo Arenas, uno de los más conocidos de la llamada Generación del Mariel.

Pero el que ríe último, ríe mejor. El gobierno cubano lleva años incentivando la inversión de los cubanos que el régimen echó a palos de la isla

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