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La Cumbre, América latina y EE.UU.

La Guerra de Cuba, en 1898, fue un punto de inflexión en la relación entre EE.UU. y las repúblicas latinoamericanas. Desde entonces, la ambigüedad marcó el vínculo entre las partes, y así siguió siendo durante buena parte de la centuria. Unos recelaban de los otros, pero se necesitan en aras de avanzar en el proyecto común, el panamericanismo.

Sin embargo, la agresión contra España y la práctica anexión de Cuba dotaron a los nacionalismos latinoamericanos de un fuerte componente antiestadounidense, antiimperialista, del que carecían. José Martí, Rubén Darío y José Enrique Rodó, entre otros, sentaron las bases de una deriva hasta hoy inmodificada. Daba igual si el nacionalismo era de izquierdas o de derechas, el enemigo común era el vecino del norte.

En lo que va del siglo XXI, EE.UU. dejó de considerar a América Latina su “patio trasero” y adoptó una postura más prescindente, que permitió la entrada, con fuerza creciente, de actores extra regionales, como China o la Federación Rusa. En este contexto, y en el de la invasión de Ucrania, la Administración Biden convocó entre el 6 y el 10 de junio la IX Cumbre de las Américas, en Los Ángeles.

El momento es delicado dada la necesidad de EE.UU., la UE y la OTAN de ampliar sus alianzas globales. Esta necesidad se apoya en el creciente enfrentamiento de las democracias liberales contra los autoritarismos y en la probable reconfiguración del mundo, con un rediseño de las cadenas globales de valor y de abastecimiento.

Pero, una alianza es un camino de doble dirección, donde las partes se aproximan mutuamente en aras de un objetivo común. Para que funcione no debe ser impuesta sino consensuada.

Tradicionalmente América Latina se había movido entorno a Occidente, pero en el momento actual esta pertenencia está siendo cada vez más cuestionada. Es una de las encrucijadas a las que se enfrentan los gobiernos y las sociedades latinoamericanas, que deben tener claro con quién y cómo se asocian en el tiempo por venir.

El tema merece, por su complejidad, gran atención. China es el principal socio comercial de la mayor parte de América latina y reemplazar la importancia de su mercado no será fácil. Algunos agregan que la región no tiene por qué elegir entre China y EE.UU. Y así deberían ser las cosas, pero éstas no son tan lineales.

Tras la vulneración rusa de la soberanía ucraniana, algo que debería chirriar en América Latina, se abren distintos escenarios en la relación de China con la región. Uno pasa por la reconfiguración del mundo en esferas de influencia, básicamente dos (Occidente y China, y sus zonas de atracción), a las que podría añadirse una tercera de países no alineados.

En este caso no sería descartable que Rusia terminara subordinada a Pekín y que sus exportaciones de cereales, hidrocarburos y fertilizantes se concentraran en su vecino asiático, con la pérdida de importancia de América Latina.

De confirmarse este escenario, la región debería buscar nuevos mercados para sus productos. Sin embargo, se sigue confiando en que todo permanecerá inalterable en vez de comenzar a pensar en ese futuro. Pero, si esto último termina ocurriendo y China siga presente como hasta ahora, no sería descartable que apriete más las tuercas y deje de mostrar su rostro más amable. Su diplomacia va mucho más allá de la franja y la ruta.

Por eso, las alianzas no se deben limitar a los compradores. La inserción internacional demanda otras cuestiones, como a quién se mira y dónde se querría vivir. En las últimas décadas las migraciones latinoamericanas se han dirigido hacia EE.UU. y España, y no a China o Rusia y las ciudades preferidas por buena parte de los ricos de la región, incluidos los corruptos, son Miami y Madrid, y no Shanghái o Moscú. Cerrar las puertas a las migraciones puede provocar complicaciones futuras.

La reconfiguración del mundo lleva a compactar la geografía. Las inversiones europeas y estadounidenses que salen de China y Rusia buscarán centros de producción más próximos, lo que puede beneficiar a América Latina. Sin embargo, la duda es si podrá hacerlo. Si bien México es de los países mejor colocados para aprovechar la tendencia del nearshoring, su presidente está más pendiente de su 4ª Transformación que de impulsar la relación con EE.UU.

Así se explica su gira por Cuba y América Central y sus exigencias a Biden para que en Los Ángeles no haya exclusiones y se invite a Cuba, Nicaragua y Venezuela, un pedido replicado por otros mandatarios de la región.

Se insiste en que la Cumbre no es patrimonio de Washington y que todos deberían participar. Sin embargo, no se menciona lo ocurrido en la IV Cumbre de las Américas (Mar del Plata, 2005), cuando entre Hugo Chávez, Lula da Silva y el anfitrión Néstor Kirchner acorralaron a George W. Bush y enterraron el proyecto de la Alianza de Libre Comercio de las Américas (ALCA).

En este momento, América Latina se enfrenta a diversas encrucijadas y no sirve, como en otras ocasiones, ponerse de costado. La táctica del avestruz ha tenido rendimientos escasos.

Entre las cuestiones a las que deberá responder está su inserción en el mundo, con quién lo hará y con quién le gustaría hacerlo. La mejor respuesta no es aquella que solo tiene en cuenta consideraciones económico-comerciales o político-ideológicas. Saber elegir es una virtud, aunque algunos prefieren moverse como elefante en cacharrería.

Fuente El Clarín de Argentina.

Opinión por : Carlos Malamud

Catedrático de Historia de América de la UNED, investigador del Real Instituto Elcano.

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