LOS ÁNGELES.– Considerada por generaciones de realizadores y críticos como una cumbre insuperable del cine mundial, la obra maestra de Charles Chaplin, Luces de la ciudad (City Lights), mantiene intacta su vigencia y fascinación a casi un siglo de su debut en las pantallas. Estrenada originalmente en el célebre Teatro de Los Ángeles el 30 de enero de 1931, esta comedia romántica muda construyó su reputación legendaria sobre la base de una narrativa impecable y, sobre todo, de una secuencia de cierre que es aclamada de manera unánime como el mejor final en la historia de la cinematografía.
El argumento sigue las desventuras del icónico personaje del vagabundo (The Tramp), encarnado por el propio Chaplin, quien se enamora perdidamente de una humilde vendedora de flores ciega, interpretación a cargo de la actriz Virginia Cherrill. En medio de equívocos y gestos de devoción, la joven confunde al mendigo con un acaudalado magnate, desencadenando una trama repleta de sensibilidad, humor y crítica social que desafió en su momento la emergente hegemonía del cine sonoro.

El reconocimiento de los grandes maestros y el veredicto del tiempo
La trascendencia del largometraje ha sido ratificada de forma continua por las figuras más influyentes de la industria audiovisual. Cuando el British Film Institute publicó en 1952 su histórica y primera nómina de las mejores películas de todos los tiempos, la producción de Chaplin conquistó la segunda posición del escalafón mundial, compartiendo dicho honor con otra de sus grandes creaciones, La quimera del oro (1925).
A lo largo de las décadas, directores de la talla de Stanley Kubrick, Orson Welles y Andrei Tarkovsky incluyeron abiertamente a Luces de la ciudad dentro de sus selecciones personales de obras preferidas. Por su parte, el reconocido escritor y guionista de La noche del cazador, James Agee, dejó asentado en sus análisis críticos que la cinta albergaba la «mejor actuación y el momento cumbre del cine», en referencia al tratamiento dramático de su escena culminante.
Un cierre de emoción pura que redefinió la actuación en pantalla
El clímax de la historia, situado en sus fotogramas finales, retrata el emotivo reencuentro entre el vagabundo y la vendedora de flores, quien tras someterse a una intervención médica ha recuperado la visión. Al reconocer mediante el tacto la verdadera e humilde identidad de su benefactor, la mujer lo observa con asombro, mientras el personaje de Chaplin le devuelve una mirada cargada de ternura, vulnerabilidad y esperanza justo antes del fundido a negro definitivo.
Pese a la magnitud del impacto cultural generado por la obra, el propio realizador británico mantuvo una postura de notable modestia al referirse a su legado. Cuestionado en 1966 por la revista Life sobre cuál consideraba la pieza predilecta de su filmografía, Chaplin no dudó en otorgarle ese mérito a la historia de la florista, definiéndola simplemente con la frase: «Creo que es sólida, bien hecha». Casi cien años después de su primer pase público, incontables producciones continúan buscando replicar la maestría sutil y la expresividad actoral de unos minutos que cambiaron para siempre el lenguaje de la pantalla grande.
Por: Redacción Standard Digital News | Sección: Cines y Espectáculos | Con información de BBC News Mundo-Gregory Wakeman / Fotos cortesía © Alamy | Fecha: 26 de julio de 2026








