Opinión
En los últimos días se ha hecho evidente una tensión creciente entre periodistas e influencers.
El periodismo merece respeto. Detrás de esa profesión existen formación, investigación, verificación de fuentes, reglas éticas y responsabilidad social. No puede confundirse su ejercicio con encender una cámara, repetir una versión o acumular seguidores.
Sin embargo, las redes sociales transformaron la comunicación. Hoy cualquier ciudadano puede denunciar, opinar y divulgar hechos de interés público. La libertad de expresión y el derecho a comunicar no pertenecen exclusivamente a un gremio: son derechos constitucionales de todos.
La diferencia no debería establecerse entre periodistas e influencers, sino entre quienes informan responsablemente y quienes desinforman; entre quienes verifican los hechos y quienes difunden rumores; entre quienes ejercen la crítica y quienes utilizan sus plataformas para difamar, hostigar o ejecutar campañas por encargo.
Los influencers deben comprender que tener audiencia genera responsabilidad. Una publicación falsa puede destruir una reputación o afectar una investigación. Pero los periodistas tampoco deberían utilizar su condición profesional para monopolizar la información pública o descalificar a todo creador de contenido.
No todo influencer es periodista, pero tampoco todo el que posee un título practica necesariamente un periodismo responsable.
El camino no es una guerra entre ambos sectores. Debemos exigir rigor, independencia y responsabilidad a quien pretenda influir en la opinión pública. En democracia deben coexistir periodistas, medios independientes y ciudadanos capaces de comunicar. No debe tener cabida la mentira, la manipulación ni el uso de una plataforma para destruir a otros.
Juan Pablo Montiel/ Abogado
@juanpablomontielalmeida
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