OPINION| Por Soledad Morillo Belloso
Venezuela se va a arreglar. No como quien endereza un cuadro torcido con dos golpecitos, sino como quien rescata una casa vieja heredada: con goteras que se ríen de uno, paredes que crujen como viejas chismosas y un jardín que decidió convertirse en selva tropical.
Y aun así, ahí vamos, con todo, sin pausa y sin prisa. No será fácil ni rápido. Ninguna gesta lo es. Y esto, nos guste o no, es una gesta. Las naciones, como ciertos volcanes viejos, parecen dormidas mientras por dentro acumulan fuerza para levantarse otra vez.

Esta carta es para ustedes, los mayores de sesenta, los que ya han visto suficiente como para no tragarse cuentos de hadas, pero también como para reconocer cuándo un país está listo para intentar levantarse. Ustedes —como yo— conocen las grietas, los atajos, los peligros y también las posibilidades. Han vivido las luces y las sombras. Saben.
Y por eso mismo, lo que viene no camina sin ustedes.
Los profesionales de la tercera edad —sobre todo quienes tienen cierta holgura económica, quienes ya no dependen del próximo cheque para comer— tienen un papel que no admite maquillaje: decisivo. No simbólico. No decorativo.
Decisivo. Les (nos) toca arremangarse las camisas y sumar, aunque paguen poco, aunque no paguen nada. Porque este tramo no se mide en honorarios: se mide en legado.
Nos toca —sí, nos toca— enseñar sin pontificar, acompañar sin estorbar, corregir sin humillar, apoyar sin esperar aplausos. Nos toca ser los veteranos que regresan al campo de batalla no para buscar gloria, sino para que los jóvenes tengan un terreno firme donde construir sin hundirse hasta las rodillas. Nos toca ser los jardineros de un árbol cuya sombra no vamos a disfrutar, pero que otros sí podrán habitar con dignidad.
Y sí, la ironía es deliciosa: después de toda una vida trabajando, ahora nos toca trabajar más. Pero también nos toca trabajar mejor. Porque no hay acto más épico que construir un país que uno sabe que no va a estrenar, pero que otros sí podrán vivir sin miedo.
Arreglar un país no es nostalgia. Es responsabilidad. No se trata de revivir la Venezuela que recordamos —esa ya es un álbum de fotos amarillentas— sino de construir la Venezuela que ellos, los que vienen detrás, puedan estrenar sin que se les desfonde el piso. Somos los extras veteranos que sostienen la escenografía para que los jóvenes actúen sin que se les caiga el telón encima; los que remiendan la carpa del circo mientras los nuevos acróbatas aprenden a volar.
Y la ironía final es impecable: después de tanto quejarnos de que “los muchachos no saben”, ahora somos nosotros quienes debemos demostrar que sí sabemos. Que sabemos persistir. Que sabemos acompañar sin estorbar. Que sabemos reírnos de nuestras propias torpezas mientras levantamos un país que se resiste, pero al final coopera.
Por eso esta carta no es un reclamo. Es un llamado.
Un recordatorio de que somos nosotros, los mayorcitos, quienes debemos dar el ejemplo. No para revivir la Venezuela que fue, sino para preparar la Venezuela que ellos merecen.
Y si lo hacemos bien, un día ellos —los jóvenes— nos mirarán con esa mezcla de ternura y fastidio que se les dedica a los viejos tercos pero útiles, y dirán: “Dejaron el camino muy bien barrido.”
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