BUCAREST.– Cada semana, a las 10:00 de la mañana en punto, el aula 3B de una facultad ubicada en el corazón de la capital rumana se convierte en el escenario de una experiencia académica singular. Un colectivo integrado por personas que superan los 70 años de edad toma asiento para compartir conocimientos y vivencias sin la presión de pagar matriculaciones ni presentar exámenes evaluativos. La iniciativa, denominada «La Universidad de los Jueves», se consolida como un espacio independiente, solidario e innovador que promueve el aprendizaje continuo y la integración social en la etapa madura de la vida, un modelo que diversos sectores sugieren replicar en casas de estudio superior de países latinoamericanos como Venezuela.
El alumnado accede al recinto por diversos medios: algunos se desplazan en bicicleta, otros se apoyan en bastones, mientras ciertos asistentes llevan repostería casera o citas literarias para amenizar la jornada. Todo el proyecto se originó por iniciativa de Mihnea Dragomir, un docente jubilado de literatura rumana que buscaba mantener activa su vocación tras retirarse de las aulas formales.
«Tenía libros, tenía tiempo… pero me faltaban ojos que brillaran cuando contaba algo», rememora el profesor sobre los motivos que lo llevaron a solicitar un aula desocupada una vez por semana.

Un anuncio de barrio que transformó decenas de vidas
La convocatoria inicial se difundió mediante un cartel colocado en un establecimiento comercial de la zona con una proposición directa: «Clases para mayores de 65. Gratis. Sin deberes. Solo curiosidad». Aunque la primera reunión contó con apenas tres participantes, el número de asistentes creció de forma progresiva hasta superar las cuarenta personas, quienes se reúnen periódicamente para abordar temáticas diversas como historia, poesía, cinematografía, tecnología, neurociencia, arte africano, evolución e inteligencia emocional.
Las jornadas inician con una dinámica participativa donde los presentes exponen sus hallazgos semanales, abarcando desde el dominio de aplicaciones de videollamada para contactar a familiares en el exterior, hasta apreciaciones sobre el comportamiento animal o el cine internacional. La dinámica no contempla cobros ni registros de asistencia, cerrando cada sesión con una taza de té y debates informales.

«Yo vine por la cultura, pero encontré algo más urgente: pertenecer», reflexiona Adela, de 82 años, al describir la transformación de un grupo donde muchos integrantes afrontaban situaciones de aislamiento o vivían en soledad prolongada. La dinámica interna ha generado redes de apoyo mutuo, préstamos de libros, celebraciones colectivas y monitoreo constante ante la ausencia imprevista de algún compañero.
Reconocimiento académico y lección de vida
El impacto de este programa motivó una invitación formal para que el grupo participara en una conferencia académica sobre innovación educativa. Durante el encuentro, la presencia del colectivo maduro generó atención entre el público joven y docente.
Ante la interrogante de un estudiante sobre la naturaleza innovadora del proyecto, Pavel, el participante de mayor edad con 90 años, argumentó: «Innovamos en no rendirnos. En seguir haciéndonos preguntas. ¿No es eso lo que hace un buen científico?», respuesta que motivó el aplauso unánime del auditorio.
Actualmente, estudiantes universitarios se han sumado como oyentes a estas sesiones semanales, propiciando un intercambio intergeneracional que fomenta la empatía y la escucha activa. Por su parte, el profesor Dragomir sostiene que el proyecto ha transformado su perspectiva sobre el paso del tiempo, afirmando que ya no teme al envejecimiento porque sabe que, mientras exista un jueves, habrá un espacio para el encuentro y el saber.
Por: Redacción Standard Digital News | Sección: Sociedad – Educación | Con información de Agencias / Fotos cortesía creadas con IA | Fecha: 4 de agosto de 2026








