MARACAIBO.– El panorama cultural del occidente venezolano viste sus mejores galas este sábado 3 de octubre al conmemorar el septuagésimo sexto aniversario de nacimiento de la célebre actriz, directora, dramaturga y docente Yazmina Jiménez, una de las figuras esenciales e insustituibles de las artes escénicas en la región zuliana. La prolífica creadora, cuya impronta vital ha sido inmortalizada en la serie documental Historia hablada del Teatro Zuliano, representa la memoria viva de un movimiento artístico que enseñó a toda una sociedad a contemplarse y cuestionarse a través de la magia de las tablas.
Nacida en la capital zuliana en el emblemático año de 1949 —período en que se colocaba la primera piedra del Hotel del Lago, nacía el Club Náutico de Maracaibo y se publicaban obras cumbre de la literatura universal como El Aleph de Jorge Luis Borges y El segundo sexo de Simone de Beauvoir—, Jiménez creció en un entorno signado por el arte y la disciplina familiar al ser hija del destacado deportista Víctor «Chinito» Jiménez y de una cantante de tango.
Sus primeros pasos teatrales los dio entre los cinco y siete años en el patio de su vivienda, donde adaptaba los cuentos que le relataba su madre educadora, para luego reafirmar su vocación al quedar deslumbrada por la dinámica mediática en las instalaciones de la emisora Ondas del Lago.

Formación de rigor y el teatro como trinchera social
Tras transitar experiencias en agrupaciones estudiantiles liceístas, su verdadera consolidación académica inició al encontrarse con el pedagogo Homero Montes, quien la impulsó a ingresar a la Escuela de Arte Escénico de la Universidad del Zulia (LUZ), bajo la dirección de la célebre Inés Laredo. Entre 1966 y 1968, la joven estudiante se nutrió de los conocimientos de renombrados maestros como César David Rincón, el profesor Maldonado en psicología del teatro y Mario Barrios en expresión corporal. Posteriormente, con la llegada de Clemente Izaguirre a la conducción de la escuela, la formación incorporó enfoques renovadores como el análisis del teatro político y la esgrima, orientando las puestas en escena hacia la crítica de las realidades institucionales y la problemática social del país.
Esa visión transformadora la llevó a formar parte de la nómina de actores del Teatro Universitario de LUZ entre 1970 y 1981, un ciclo caracterizado por extenuantes jornadas de ensayo y giras nacionales con montajes de alto cuestionamiento como La Matraca. Al rememorar la transcendencia de aquellos encuentros artísticos, la maestra enfatizó que los festivales de la época «eran lugares para discutir sobre la estética, sobre las corrientes teatrales, sobre el actor y su función; había una profundidad en lo que hacíamos», al tiempo que sostuvo categóricamente que «el teatro forma desde el momento en que el actor se levanta y se presenta en escena. El público te oye, oye tu dicción, tu expresión, oye el cuento que le hablas. Y aprende. El actor debe tener siempre una actitud frente a lo que vive».
Profesionalización, docencia integral y la consolidación de Teatro Mampara
En 1977, la fundación de El Pequeño Teatro marcó un punto de inflexión en la dignificación del oficio actoral en el Zulia, proyecto cuya dirección asumió Jiménez en 1979 e impulsó la legalización de las agrupaciones independientes ante el Estado. Su faceta gerencial y formadora se expandió al fundar el grupo de títeres Tachón en el Colegio Universitario de Maracaibo, liderar el Taller de Teatro y la Dirección de Cultura de LUZ entre 1981 y 1983, y dirigir con notable éxito la Escuela de Teatro Inés Laredo entre 1984 y 1995. Durante más de una década al frente de dicho centro de enseñanza, Jiménez transformó una infraestructura desmantelada en una institución modelo dotada de pensum actualizado, sala para 350 espectadores, centro de documentación y programación continua de jueves a domingo bajo esquemas de autogestión.
En 1984 concibió la agrupación Teatro Mampara junto a jóvenes talentos de la comunicación social de la Universidad del Zulia, dedicándose plenamente a su consolidación a partir de 1995. La sede del grupo, emplazada mágicamente en una casona de la tradicional calle Carabobo del casco histórico marabino, permanece abierta como un oasis de creación constante para montajes de la talla de El inmigrante, Las flores que no te di y Los llamados del amor. Paralelamente, su valioso aporte como dramaturga quedó plasmado en publicaciones como Las flores que no te di y otros textos dramatúrgicos (1999) y las ediciones lanzadas en 2020 por la editorial Sultana del Lago, situándola como una de las firmas femeninas más prolíficas y vigentes de la dramaturgia regional.
Una filosofía de vida volcada al arte y a las nuevas generaciones
Al arribar a sus 76 años, la maestra apela a la transmisión horizontal de saberes y al permanente aprendizaje frente a los creadores emergentes, defendiendo una concepción libertaria de la cultura donde la memoria histórica alimente el presente. Con reflexivo optimismo y una entrega inalterable hacia su profesión, Jiménez sostiene que la labor del artista trasciende el simple sustento material para convertirse en un motor fundamental de existencia colectiva: «De eso se trata: de construir un mundo de la creación y tener sentido de lo que es la profesión.
El teatro es para vivir. Y el vivir no es solo comer, porque compartir la miseria no es vivir. Pero sí creo, y creo que es posible, un mundo mejor». Su cumpleaños reafirma que, mientras el telón permanezca levantado, su legado continuará iluminando el escenario artístico del país.
Por: Redacción Standard Digital News | Categoría: Arte y Cultura | Con información de Luis Perozo Cervantes / Fotos cortesía | Fecha: 3 de octubre de 2026








