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La exhumación de Maracaibo

Es probable que a Maracaibo la metan todos los días en una bolsa negra sin luz. Para encerrarla no esperaron mucho tiempo. Partieron sus huesos hediondos, lo que había quedado después de su muerte. A Maracaibo la mataron. La profanaron. La están exhumando a diario.

Se movían incontroladamente dentro del saco. Eran sus habitantes marabinos. Que en el mundo se agitan desde adentro, porque duele alejarse y verla romperse. O incluso estando en ella mueren.

Las manos van y vienen. Siete de la mañana y el sol sale por el Lago, desde el puente monumental y agrietado. A estas horas en Maracaibo hay madres que preparan arepas con lágrimas.

Padres que piensan, encuentran el desespero. Hijos que pierden la juventud en la esperanza. Pájaros que no saben lo que pasa, pero cantan temprano, en un silencio frío de almas que vagan a través de una ciudad con un metro paralizado. Iglesias sin feligreses. Calles sin caminantes y sueños florecidos entre el desaliento y el calor.

Benito es su nombre: el título del profesor Coy

Nubardo Elias Coy Quintanillo conoció a Benito en el año 1984. Lavaba carros en el estadio de Niños Cantores. Coy, como profesor, dictaba clases de Anatomía Artística en la Universidad Católica Cecilio Acosta de Maracaibo (UNICA). Recuerda que le propuso ser modelo y Benito le contestó con otra pregunta.

—¿Qué es eso?

Le respondió:

—Solo tienes que quedarte sentado por ratos y quitarte la camisa para que los alumnos te dibujen.

A la semana siguiente el profesor cuenta que lo estaba esperando en la entrada del salón y le dijo «aquí estoy para que me dibujen».

Con el correr de los años lo contratan no para ser modelo sino como bedel, y cada vez que veía a Coy le decía a los profesores, empleados, estudiantes y a toda persona que estuviera a su lado “Coy fue quien me dio trajo aquí en la Universidad”.

En medio de la crisis económica venezolana, y la Maracaibo en ruinas, Coy lo vio tirado en una acera a principios de 2020. En frente de la UNICA, como el propio indigente, y le preguntó a los de seguridad el porqué no lo dejaban entrar.

—Anda hediondo, no se baña. Y nos autorizaron a que no lo dejáramos entrar.

La maestra María

Treinta años ejerciendo la educación. La asqueó. Permanece bajo el anonimato porque no quiere verse afectada tras una declaración: que le quiten el bono, o le dejen de mandar el sueldo. Actualmente está jubilada. Ve venir a las maestras jóvenes y se ve a ella. Van con las caras bajas, oliendo el polvo, con bolsas de yuca sin dignidad.

Arrastra en ella una historia. Para poder dar clases esperaba a su marido. Si no llegaba a las once del mediodía con la comida, se iba caminando hasta la escuela, sin nada en el estomago, y bajo el calor humeante del sol de las doce. Para llegar a la escuela recorría unos cinco kilómetros a pie.

Y luego, cuando el hambre le adormecía, venían los mareos. La fatiga y el lloro. Se escondía detrás de la cantina en el recreo. Para llorar de hambre porque el salario no le alcanzaba para comer. Tampoco para comprar calzado. El tinte le era difícil de costear. Entonces, las canas le poblaron la cabeza y la falta de color las uñas de los pies, de cuté desconchado y sucio.
Una abuela que la noche se llevó

Esta vez eran las siete de la noche en Maracaibo. Una abuela de 75 años de edad había comido pasta fría. Porque era lo que había dejado del día anterior. Para ese día fatídico, se orinó dos veces.

—Señora fulana, no espere más. Váyase así —dijo la vecina.
Junto a su nieta, que había pasado esa noche con ella porque al día siguiente se iría del país, buscaron a su hija más cercana. La llevaron de emergencia al Hospital Dr. Manuel Noriega Trigo.

Llamaremos a su nieta Patricia. Ella observó los alrededores obscuros del hospital. Sintió en la nariz el olor a insalubridad, similar al azufre, o fue así como lo describió.

Esa noche los árboles del camino hacia la entrada de emergencia estaban intactos. Fijos, y sin moverse. Había gasolina para entonces. Fue a principios de diciembre de 2019. Pero no cargaban consigo ni un bolívar en el bolsillo.

La señora, como toda maracucha le porfió al médico que no le estaba tomando bien la azúcar. La joven nieta le exigió al personal médico un pronto auxilio. Dice que en ellos había un estado de despreocupación absoluto. Y de poca humanidad.

—Mi abuela veía como un hombre al lado de su cama estaba muriendo. Completamente raquítico. Y cuando salió escuché en el pasillo su quejido.
Cuando regresó su abuela se encontraba tendida en la silla. El viejo de al lado la miraba pasmado. Tiempo después le diagnósticaron tres infartos. Y el médico, después de haber muerto la señora, fue cuando reaccionó y la atendió.

Pasaron las horas y en el hospital no había congelador. La joven nieta tuvo que vestir a su abuela ya descompuesta en una urna de cartón otorgada por la Alcaldía de San Francisco. Con la lengua blanca. Y un frío en su piel como el de Maracaibo en las noches.

Lo que vive un zuliano

Ocho de la noche en la gran ciudad de Maracaibo. En la Basílica está la Virgen de Chiquinquirá. En la iglesia Santa Bárbara una vela erguida sin ventilación, que llega hasta el techo. Sobre las paredes santas de antaño que allí se anidan. El paseo Ciencias. Las Torres del Saladillo. La gaita que en diciembre se oye con melancolía. El Lago que Dios olvidó.

Una mujer sacando el colchón. Un par de abuelos con hambre. El padre que lucha, o la madre que espera. Tanto dolor aqueja al zuliano.

Ya la oscuridad se nos ha metido adentro. Las sombras de nuestros familiares que esperan llegue la luz es tormentosa y ni siquiera un ángel puede en contra.

Ya no podemos más. Lo que vive un zuliano es la muerte en fragmentos. Lo que vive un zuliano es miedo y dolor, tanto que provoca salir corriendo y caer templao.

Las plazas silenciosas de Bolívar escuchan gemidos de mujeres. Los hijos en el exterior añoran volver, pero encontrar a Venezuela en esta ciudad es morir otra vez. No late la vida. No se salva nada. El fuego que nos consume nos ahoga, y nada florece aquí.
¡Auxilio!

Fotografías de: Nubardo Elias Coy Quintanillo

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