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“Venezuela rezará hasta morir”

El espíritu del oscurecer se aferra a la blancura de la Iglesia San Juan Bautista, a las 6 de la tarde de un sábado de junio en San Francisco, Venezuela. Ciudad del viento, calor y Lago zuliano. Es el año 2020 y la crisis económica bordea al país al igual que la infección por coronavirus. Un brote adjudicado al Mercado “Las Pulgas” encendió las alarmas, la cifra sobrepasa los 200 casos conocidos en el Zulia.

Encierros de hambre son las casas de esta ciudad que parece muerta y donde se yergue un puente colosal. Un silencio asfixiante suprime la esperanza que se amontona en conversaciones internas, estas tienen las bocas cocidas desde hace tiempo. Nadie protesta.

El racionamiento eléctrico a diario es un recordatorio de mala suerte. Una costumbre que desgasta por dentro las ganas de vivir.

Lina Rosa Rangel tiene 76 años y todas las tardes de su vida ha ido a la Iglesia. Desde que cerraron la casa de Dios donde asistía, se dispuso a visitarla con un tapabocas viejito. Pero desde afuera. En las tardes de auroras que sucumben en la cruz negra del templo.

“El único pecado que pudo haber cometido Lina Rosa fue haber nacido en Venezuela”, ninguno.

La crió una señora: Matilde de Urdaneta. Ella murió y entonces empezó a vivir sola. Tuvo dos hijos. Uno actualmente está en Venezuela y el otro en Chile. Lina Rosa viene a rezar por sus dos descendientes. El que está en Chile le envía dinero, pero Lina tiene un problema con la libreta, y no ha podido sacar dinero, porque no sabe cuándo abre el banco “le vengo a pedir a Dios para que meta la mano y acabe con tanta miseria”.

También pide por sus nietos. “Estamos pasando mucha hambre”, esta frase suele estar de moda en Venezuela. La hambruna dejó de ser noticia.

La crió una señora: Matilde de Urdaneta. Ella murió y entonces empezó a vivir sola. Tuvo dos hijos. Uno actualmente está en Venezuela y el otro en Chile. Lina Rosa viene a rezar por sus dos descendientes. El que está en Chile le envía dinero, pero Lina tiene un problema con la libreta, y no ha podido sacar dinero, porque no sabe cuándo abre el banco “le vengo a pedir a Dios para que meta la mano y acabe con tanta miseria”.

También pide por sus nietos. “Estamos pasando mucha hambre”, esta frase suele estar de moda en Venezuela. La hambruna dejó de ser noticia.

Lina Rosa prosiguió “el venezolano era servicial y cordial. A la gente le gustaba convivir. Ahora me siento sola en el departamento donde vivo”.

La señora seguirá viniendo, caminando otra vez, levantando sus manos al cielo, llorando el fin de su patria en la soledad ardiente de los días en mute, así transcurre su vida. Contagiada del fervor católico, de la esperanza que palpita en su ser, de los amaneceres. Venezuela rezará hasta morir.

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